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20 May 2025 latest post
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Telegram post media *Los mapas de Internet: cartografía de un poder sumergido*

Por: Mariano Quiroga

La red no es una nube.
No flota, no se disuelve en el aire como la metáfora digital nos quiere hacer creer.
Internet tiene cuerpo. Y ese cuerpo pesa.
Pesa en kilómetros, en voltajes, en dólares, en decisiones.

Más del 95% del tráfico mundial —voz, imagen, datos, vigilancia—
no viaja por satélites ni por magia inalámbrica,
sino por cables.
Venas de vidrio que yacen dormidas en el fondo del océano.
Tubos que transportan luz, enterrados bajo miles de metros de agua y toneladas de presión.
Un mapa que no aparece en los atlas, pero que define el mundo.

Cada cable submarino es una declaración.
De poder, de estrategia, de propiedad.
El más largo recorre más de 45.000 kilómetros, como un anillo que en lugar de unir, delimita.
Se hunden hasta 8.000 metros de profundidad, donde la oscuridad es total
y la presión puede doblar el acero.

Por esos tubos viajan hasta 500 terabits por segundo.
Más que suficiente para sostener a TikTok, a Wall Street y al Ministerio de Defensa, todo a la vez.
Porque en esta nueva economía de lo instantáneo,
el poder no está en la plataforma:
está en el tubo que la alimenta.

Pero esos tubos no son públicos.
No son neutrales.
Son propiedad privada.
Y sus dueños tienen nombre: Google, Meta, Amazon, Microsoft, Apple.
Cinco siglas que no solo controlan lo que consumimos,
sino también el canal por donde ese consumo fluye.

Google opera o participa en más de veinte cables.
Entre ellos, el Curie, que conecta Chile con California,
y el Equiano, que bordea África con estaciones donde hay mercado,
pero no donde hay necesidad: Nigeria, sí; Níger, no.

Meta financia el 2Africa, el cable más largo del planeta.
45.000 kilómetros bordeando el continente,
como una nueva circunvalación colonial,
conectando 33 países, pero sin entregar el control a ninguno.

Amazon, a través de AWS, no solo almacena datos:
asegura su transporte con infraestructura propia.
Microsoft extiende sus fibras hasta Bilbao.
Apple, más discreta, paga por estar primero.
No cava, no tiende, pero siempre está en la mejor posición.

No compiten.
Colaboran.
Forman un consorcio digital que se reparte el mundo como si fuera una partición de disco.
La red ya no es una telaraña: es un sistema circulatorio.
Y nosotros somos sangre que no controla su flujo.

Pero ¿cómo se cartografía esta red?
¿Qué mapa podría contener sus dimensiones, su velocidad, su sigilo?
Algunos intentan dibujarla con esferas, nodos y líneas de colores.
Mapas de calor, de tráfico, de latencia.
Pero ninguno revela lo más importante:
la red no está hecha para conectar a los pueblos.
Está hecha para dominar territorios.

Cada cable elige su ruta no por eficiencia técnica, sino por conveniencia política.
El Echo, de Google y Meta, conecta EE.UU. con Asia,
evitando pasar por Hong Kong.
El Blue-Raman, impulsado por Facebook, une India con Europa
sin tocar el Canal de Suez,
sino atravesando Israel y Arabia Saudita.
Son rutas pensadas como corredores militares.

No es nuevo.
En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial,
el Imperio Británico cortó todos los cables alemanes del Atlántico en menos de 24 horas.
El primer acto bélico moderno fue un corte de fibra.
La Segunda Guerra los trató como trenes blindados:
transportaban coordenadas, alianzas, estrategias.

Hoy, la vigilancia se hace desde el abismo.
La NSA no escucha desde el aire:
pincha desde el fondo del mar.
Edward Snowden lo reveló en 2013:
no hace falta invadir, basta con interceptar.
Y los cables son puertas abiertas si sabés forzarlas.

China no se queda atrás.
Su exempresa estatal Huawei Marine —rebautizada como HMN Tech—
tendió más de 70.000 kilómetros de fibra.
Sus cables cruzan Asia Central, bordean África y llegan a América Latina por el Pacífico.
Un sistema autónomo, una red paralela.
Estados Unidos responde con bloqueos, permisos denegados, presiones diplomáticas.
Telegram post media El mapa de Internet se fractura.
Una Internet atlántica, otra pacífica.
Una occidental, otra asiática.
El sueño de la interconexión global se convierte en una frontera fragmentada.
Un territorio en disputa.

Y mientras las grandes potencias trazan sus venas digitales,
el sur global observa desde el margen.
Sí, está conectado.
Pero conectado como un cuerpo colonizado.
Pinchado por agujas ajenas.
Por donde circula más vigilancia que conocimiento.

En 2023, más de 2.600 millones de personas seguían sin acceso a Internet.
Un tercio de la humanidad fuera del lenguaje digital.
Y entre quienes están “conectados”, la exclusión sigue.
No es binaria, es estructural.

África tiene un 37% de penetración.
Asia, 61%.
América Latina, cerca del 80%.
Pero la velocidad y el costo revelan otra cosa:
en Uganda, un gigabyte puede costar el 15% del ingreso mensual.
En Alemania o EE.UU., menos del 1%.

Y entonces, ¿eso es conectividad?
¿O es una nueva forma de exclusión?

La paradoja es feroz:
el sur digital genera datos, pero no derechos.
Está en línea, pero en silencio.
La red lo usa, pero no lo representa.

Pero no todo fluye por cables corporativos.
En los márgenes también laten otras redes.
Pequeñas, solidarias, comunitarias.
Redes que no se instalan: se cultivan.

En México, comunidades zapatistas diseñan sus propias redes autónomas.
Usan software libre, equipos reciclados,
y sobre todo, un principio:
la conexión es un derecho, no una mercancía.

En Argentina, cooperativas rurales tienden fibra con sus propias manos.
Cablean escuelas, plazas, casas.
No para vender paquetes premium,
sino para garantizar que nadie quede afuera.

En Bolivia, comunidades indígenas desarrollan servidores locales.
Redes que no priorizan la velocidad,
sino la soberanía.
Que no venden lo que recogen.
Que no espían.

También en Múnich, Barcelona, Estocolmo,
gobiernos locales han recuperado la infraestructura digital como bien común.
Y en África, donde las multinacionales solo tocan las costas,
las comunidades abren senderos invisibles,
por donde circula dignidad en forma de datos.

Esas redes no tienen 500 terabits por segundo.
Pero tienen otra medida:
la del cuidado,
la de la autonomía,
la del encuentro.

Porque la soberanía digital no se decreta:
se construye. Nodo a nodo.
Y cada nodo es una decisión.

¿Queremos una red para mirar anuncios?
¿Para alimentar inteligencias artificiales que nunca conoceremos?
¿O queremos una red para contar nuestras historias,
defender nuestros territorios,
imaginar lo que todavía no existe?

La red puede ser telaraña.
Pero también puede ser hamaca.
Red de afectos.
Red que sostiene.

Hoy, las venas del planeta laten al ritmo de Wall Street y Silicon Valley.
Pero también pueden latir al ritmo de una comunidad que se organiza,
de una escuela que cruza un monte para conectarse,
de un barrio que comparte señal como quien comparte pan.

No basta con conocer la red.
Hay que narrarla.
Hay que denunciarla.
Y sobre todo, hay que soñarla distinta.

Porque otra red es posible.
Una red que no nos traduzca en producto.
Una red que no nos consuma.
Una red nuestra.
De carne y de código.
De raíz y de voz.
Una red que no se imponga.
Sino que se teja.
Telegram post media 3⃣ ¿Conoces alguna estrategia, plan o medida nacional para propiciar la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero?
Telegram post media 2⃣ ¿Cúales medidas de mitigación se han propuesto en el país para lograr las metas propuestas en el acuerdo?
Telegram post media Preguntas generadoras:
1⃣ ¿Qué importancia tiene este acuerdo para el futuro de la humanidad?
Telegram post media *HECHOS ALARMANTES*
Desglaciación, inundaciones o sequías extremas con sus respectivas pérdidas y daños, son las manifestaciones del cambio climático.
De acuerdo con el informe sobre la disparidad de las emisiones de 2016, el hecho de que 2015 fuera el año más cálido desde que comenzaron los registros modernos, puso de manifiesto la necesidad de adoptar medidas urgentes relacionadas con el cambio climático. Por otra parte, el aumento constante de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero provenientes principalmente de los sectores de la construcción, lndustria y comercio han agravado las consecuencias del cambio climático. Alrededor de un 40% de las emisiones proviene del uso directo de energía en los sectores anteriores y un 25% está relacionado con la generación de energía que les distribuye electricidad. Según los estudios realizados hasta la fecha, los primeros efectos del cambio climático tales como la escasez de alimentos y agua, inundación costera, aumento del desplazamiento de personas y el aumento de la pobreza, entre otros, pueden minar la capacidad para conseguir los objetivos de aquí al 2030 y la incapacidad de alcanzar los objetivos de las medidas relacionadas con el clima tendrán repercusiones aún más amplias para mantener el avance del desarrollo después del 2030. Por ello, el Acuerdo de París, el primer pacto climático firmado por 195 paises, reviste una vital importancia para el futuro de la humanidad. Fue firmado el 12 de diciembre de 2015 y la ratificación de este acuerdo rápidamente superó el umbral mínimo de 55 paises establecido como un requisito previo a su entrada en vigor. El primer balance mundial se realizará en 2023 y la próxima Conferencia de las Partes número 26 (COP26) se realizará del 01 al 12 de Noviembre 2021 en Glasgow (Reino Unido).
El Acuerdo de Paris expone objetivos a largo plazo y el modo de alcanzarlo, entre ellos:
☑️ Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de los 2 °C sobre los niveles preindustriales.
☑️ Proseguir los esfuerzos para limitar el aumento a 1.5 °C, lo que reducirá considerablemente los riesgos y el impacto del cambio climático.
☑️ Para cumplir con el objetivo a largo plazo referente a la temperatura, las emisiones globales deben alcanzar su nivel máximo cuanto antes, seguido de un rápido descenso las emisiones de gases de efecto invernadero.
☑️ Lograr el equilibrio entre los gases emitidos y los que pueden ser absorbidos por los sumideros en la segunda mitad del siglo, es decir, ser carbono neutral a nivel global

El Acuerdo reconoce la responsabilidad histórica de los paises desarrollados y se les exige mostrar liderazgo en la lucha contra el cambio climático.

La lucha contra el cambio climático no sólo consiste en reducir las emisiones de GEI sino también adaptarse a los efectos que ya se han manifestado en el planeta
Telegram post media Buenos días. En el marco de la celebración del XVIII Aniversario de nuestra casa de los saberes, los programas de formación en Agroecología y Gestión Ambiental abren este espacio para la discusión y análisis relacionados con el Acuerdo de Paris de 2015 sobre el cambio climático.
El cambio climático es causado principalmente por los gases de efecto invernadero (GEI) generados por las actividades humanas y se manifiesta por el incremento de la temperatura del planeta y por las alteraciones climáticas que afectan los ecosistemas, poblaciones y economías. El Acuerdo de Paris es el resultado de más de 20 años de negociaciones climáticas a nivel internacional y Venezuela es signataria de este Acuerdo, al igual que del Convenio de Viena para la Protección de la Capa de Ozono, el Protocolo de Montreal, la Convención Marco sobre Cambio Climático de Río de Janeiro y el Protocolo de Kyoto.
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